Habrá que buscar alguna tarde dorada de la memoria para compararla con esta; para que vuelvan a caminar medio millar de personas por la avenida de tierra y más de cien autos y colectivos estacionen en el predio. Quizás algún baile del pasado, alguna fiesta patronal o el propio entierro del exgobernador, cuando un cortejo interminable acompañó sus restos hasta el panteón familiar, en junio del ´46.
Pero hoy no se celebraron 80 años de aquel día, sino 80 años de su legado; ese que puede verse desde la ventanilla de cualquier colectivo que pase por la Ruta 9: los campos con negras manadas de Aberdeen Angus pastando, las techumbres rojas de los galpones, el techo a dos aguas de la estancia y, sobre todas las cosas, el campanario de la iglesia Ana María, única de estilo gótico en esta parte de la llanura.
En definitiva, flora, fauna y arquitectura del pueblo que emergió de sus sueños y su voluntad.
Tras el arribo a los dominios del exgobernador, la multitud se congregó en la iglesia: misa a cargo del padre Diego Zandrino, de Villa María, con la ayuda del diácono Pedro Olmedo, de La Herradura. Acto seguido, el acto oficial en la avenida de pinos que bordea el templo.
Allí, tuvo la palabra Anne Marie Ward Cárcano, hija de Stella “Baby” Cárcano y bisnieta del exgobernador: “Qué maravilla que estéis reunidos aquí, en conmemoración del fallecimiento de mi bisabuelo… Quiero agradecer a Alfredo Gadara y a todo su equipo del ESIL de Villa María, porque sin ellos, este acto no hubiera sido posible. También a la intendenta de Ballesteros, Graciela Sánchez, por estar siempre a nuestro lado, y a la presidente comunal de Ana Zumarán, Janis Santos, que me ayuda a que los nombres de mi bisabuelo y su esposa vuelvan a estar vivos. También a Ariel y Claudio, que han coordinado el evento de fútbol. Y es que este año, no sólo inauguramos canchas, sino también el equipo infantil de Ramón J. Cárcano… ¡Adelante, Cárcano!”.
Aplausos en español y en argentino.
Seguida de Anne Marie, habló un invitado de lujo; el historiador Roberto Elissalde, especialista en la figura del homenajeado: “Hace 140 años, Cárcano adquirió este lugar. Como era muy aficionado a la historia, leía siempre los partes de batalla. Y reparó en uno del General Paz, que decía que en la zona de La Herradura, había buen agua y buenos pastos. Así que empezó este proyecto retirado de la función pública, labrando sus campos y yéndose a Europa para aprender; trayendo reproductores, vacunas para animales y semillas… Hasta 1910 y con 50 años, había 150 personas viviendo aquí y ya se perfilaba un pueblo. Pero la muerte de su esposa lo sacó de ese ostracismo. Y volvió a la política para olvidar ese inmenso dolor. Esta iglesia es el legado de ese amor, y esta estancia, su domicilio de los últimos 60 años… Por eso, cuando se presenta como candidato a gobernador, dice con fundamento: yo soy de acá como todos ustedes, y de acá no me voy a ir… Así que, celebremos hoy a Ramón J. Cárcano; el legado de un hombre que en 1946 publicó “Mis primeros ochenta años”, como avizorando que vendrían muchos más en donde aún estaría vivo, en tardes como la de hoy”.
Tras la zamba «la tristecita», bailada por una pareja villamarienses, el salón de La Liga Contra el Aburrimiento (club creado por su excelencia) alojó una maravillosa muestra fotográfica. En ella se pudo ver la estancia y la familia, el Cárcano político y el Cárcano agricultor, la inauguración de la pequeña estación de trenes, su etapa en Buenos Aires… Y ya no sonaron las orquestas típicas como antaño.
Finalmente, Anne junto a su esposo y nietos, inauguraron una placa histórica con los datos de la iglesia Ana María, para los viajeros y curiosos.
Una tarde de verano del ´46 (una de sus últimas tardes) Ramón J, Cárcano, ataviado de impecable saco blanco, daba el puntapié inicial a un torneo de fútbol en sus dominios. Y al comenzar el partido (su liga jugó contra un combinado de la llanura) se iría a tomar un té bajo un algarrobo. Hoy, y para el aniversario de sus segundos ochenta años, el evento se volvió a repetir. Y alguna pelota mandada afuera por los chicos del «baby», rodó despacio por el césped hasta una mesita vacía. Allí, la taza seguía a la mitad, y un saco blanco colgaba en una silla.