Opinion

MIGUEL ANDREIS l Cuando Sandro “El Gitano” vino a Villa María

El electrocardiograma se volvió un lago calmo. La jefa de enfermeras de terapia intensiva
del nosocomio mendocino levantó la voz solicitando el médico encargado que estaba a
pocos metros de la cama. Su experiencia le decía que no había vuelta atrás. La mujer le tomó la mano. El tibió estaba pasando a ser frío. Dos de los galenos se abrazaron
y estallaron en llanto. Habían peleado tanto como él. La lucha fue desigual. Cruel.
Odiosa. Inmerecida. Todos, profesionales, paramédicos, su acotada familia, sus seguidores igual apostaron a que se podía. Roberto Sánchez tenía una extraña mueca en su rostro. Ya no estaba el dolor ni esa necesidad sórdida de tanto esfuerzo para que el oxígeno le llegara a sus pulmones. Comenzaba a descansar. Juan Carlos, uno de los primeros galenos que lo atendió, casi esperando lo inevitable, había llevado el día anterior un pequeño mini componente. Corrió el botón y brotó su voz… “Te propongo disfrutar de una mañana
caminando de mi mano
una flor en tu ventana
o que algún violín gitano nos regale con su voz…”

Por: Miguel Andreis

El reloj marcaba las 20.40 del lunes 4 de enero de 2012. A nadie sorprendió el final. Sí, laceró la etérea esperanza. Igualmente no fue fácil asimilarlo. ¡Quién daría la noticia! No se necesitó de ninguna voz autorizada. Apenas los rostros de las auxiliares de blancos transitaron por los pasillos, la prensa y los seguidores expectantes, supieron que la muerte no quiso esperar más. Roberto Sánchez, Sandro, con 64 a cuestas apagaba su existencia. Después lo formal. El anunciar la despedida final. Los llantos de sus “chicas”, los teléfonos que sonaban a lo largo y ancho del país. De América: “Escuchaste, murió Sandro”. La desazón estalló. Se iba uno de los últimos grandes ídolos. “Así, como se arroja de costado un papel viejo, así….”

No hay datos demasiados precisos. Al menos no en nuestro poder. Pudo ser en el ´64 ó ´65, en el Salón Blanco del Palace Hotel. Allí donde se conocieron el Barón Biza y Clotilde Sabattini; o donde Luis Sandrini se fundía en amores oscilantes con Tita Merello; o donde Aramburu se reunía sigilosamente planificando el golpe del ´55…. Allí estaba él. Los amplios ventanales apenas tenían sus vidrios abiertos como para que corriera un hilillo de aire fresco. Adentro la temperatura deshidrataba con solo cruzar la puerta giratoria. Era una de las primeras convocatorias en la ciudad de Ronda Juvenil, un contexto musical que sirviera de bisagra al movimiento musical de la ciudad. Los de los barrios podíamos llegar al centro. La misma “Ronda” que en Córdoba tenía como referente al “Tío” José González; en Villa María la representación organizativa un joven de voz sustanciosa que se arriesgó a tomar el cartel, era Edgardo Munch.

El Palace estaba de bote a bote. La capacidad fue rápidamente desbordada. Chicos y adolescentes en la calle que esperaban ansiosos. Llegaban “Sandro y los de Fuego”. Los había hecho explotar el mago de la tele, Pipo Mancera, quien un día se le ocurrió ponerlos en vivo en sábados Circulares. Suficiente para que su nombre tiñera los sueños de ellas y se convirtiera en un ícono a imitar en nosotros. Las patillas, los pantalones “Oxford”; y esos movimientos pélvicos que saltaba la valla que hasta sus tiempos llegaba.

“La noche se perdió en tu pelo, tus manos la dulzura son… tu aliento, fatal fuego lento”

Los ortodoxos, de crucifijos inalterables y visiones cavernícolas, cuestionaban a ese flaco morocho, delgado, con cara de gitano, que desde la perspectiva rocanrolera imponía ese ritmo enloquecedor. Era un “erótico” lo acusaban y azuzaban a que se lo imitara. Decían como señal de descalificación. Un inmoral que provocaba a las mujeres. Adentro del Pálace, la temperatura crecía. Él, vestía todo de negro. Cuero negro, botas negras. Algunas niñas se descomponían. El flaco, bañado en transpiración no paraba de contornearse. Vibraba sin perder el ritmo. Enloquecía y hacía enloquecer.

Quebraba la cintura hacia atrás hasta que su nuca tocaba el suelo y sin perder el ritmo se ponía de pie. Una hora sin respiro. El cuero, las luces y los movimientos frenéticos, comenzaron a nublarle la vista. No se detenía. Después de todo era el culto del rock y si Elvis Presley lo hacía, por qué no él. Le faltó el aire y debieron llevarlo por unos instantes detrás de la escenografía. Unas gaseosas, algo de hielo en la cabeza y otras partes, y nuevamente al combate del canto y la música. Las mujeres fuera de sí. Fue la única vez que llegó a la villa como “Sandro y los de Fuego”. Luego arribaría como Sandro de América, el Gitano…o. Ese muchacho simple había roto los moldes. Vendía su artesanía. Marcaba un camino diferente. Nunca se la creyó…

“Te propongo elegir la cartelera de algún cine continuado
O tal vez mirar vidrieras
Son las cosas de este amor
Yo no te propongo ni el sol ni las estrellas
Tampoco yo te ofrezco un castillo de ilusión
Yo tengo para darte tan solo cosas buenas
Triviales y sencillas las cosas de este amor”

Lucha con otros nombres

En cuanto a gustos y convocatorios peleaba espacios con otros dos referentes: Palito Ortega y Leo Dan. Ambos vendían más placas que el Gitano allá por la década del sesenta-. Sandro transitó su popularidad, quizás de rocanrolero a melódico, con temas que se conformaron en grandes éxitos. Debieron pasar varios años para que la fidelidad de sus seguidoras, y el talento propio de una persona con principios que no claudicaron, se convirtieran en un referente del canto en el orden latinoamericano. Lleno de mística, de fidelidades, interpretó un personaje donde la intimidad no se mezclaba con su poesía. Se lo sabía un tipo de bien. Derecho.

Fumador empedernido y amante oculto que nadaba en el buen whisky. Formaba parte de esa definición que los caballeros no tienen memoria en cuanto al sexo opuesto. Sandro, un bien educado en todos los órdenes, salvo una excepción convenida con ella (María Marta Serra Lima), nunca habló en público de sus amores. Jamás se ubicó en el místico papel de macho indomable. No lo necesitaba. Se quedaba en el marco de la amistad. El de las charlas intemporales y los teléfonos de madrugada. No pocos supieron de su incondicional solidaridad.

“Trigal, donde mis manos se dilatan, se comprimen y arrebatan…” Las manos de cenizas rojas cuando la noche lo dejaba en soledad buscada en el viejo sillón. El humo que lo bordeaba mientras por dentro le mordisqueaba los “fuelles”
Por allí quedarán un sinnúmero de temas que forman parte del patrimonio popular. “Fui un bobo –dijo antes que la parca lo cargara al carruaje del sin retorno-, me fui matando solo. No tuve conciencia que el fuego en los labios es un placer tan venenoso como traicionero que te roba el aire…”.

“Ay mira que te propongo un amanecer cualquiera
Aferrada de mi brazo compartiendo una quimera
Te propongo simplemente que me quieras
Yo no te propongo ni el sol ni las estrellas
Tampoco yo te ofrezco un castillo de ilusión
Yo tengo para darte tan solo cosas buenas
triviales y sencillas”

Levantó altos paredones en su casa de Banfield. La inventiva popular llenó hojas de amarillentos diarios sobre distintos amoríos. Sandro sonreía. Sus chicas llegaban hasta su casa desde todo el país. También desde el extranjero. Sus pibas “dejaron la menopausia hace rato”, escribió un crítico de un importante diario nacional, ironizando en cuanto a sus seguidoras.
Sandro solo atinó a responderle: “¿¡cuánto le falta a tu madre!?

Los inolvidables

Quedarán sus musicalizaciones y algunos memoriosos que recuerden su paso por nuestra ciudad. Supo ser insobornable a sus principios. Talentoso y carismático. El nivel de tabú no lo alcanza cualquiera por bien que pueda mover su pelvis, escribir o cantar. Hace falta mucho más que eso. Murió un tipo que oficio de artista-
Intérprete emocional, pero que alcanzó la dimensión de los inolvidables.

Los grandes de verdad. “Quiero que me recuerden como la misma eternidad…”Por ahí arrumbados quedarán los longplay cargados de polvos y llenos de rayas, las carátulas con su figura sonriente de tipo ganador, con pantalones apretados, camisas colorinches y botones desprendidos y labios rojos carmesí. Parte de la historia de aquellos que pasamos los cincuenta está ligada a él, a algunos de sus temas. A muchos. No era Palito ni Leo Dan. Sí, único por su estilo.

Vale como un homenaje a todo lo que nos aportó el musitar “Así”, “Las manos”, “Rosa- rosa”, o tal vez “El Maniquí”… Chau Gitano… si hay revancha (o sea reencarnación) acordate, el pucho te quema… pero te quema en serio y adentro donde el fuego no se apaga. Levantemos el volumen, tu muerte no se llora, se canta… se canta flaco, se canta… la última vez que te vimos por este suelo fue en el Anfi en el ´94, y llenaste Gitano. Llenaste tanto como el vacío que dejaste. En aquel momento se abrazaron la nostalgia y el dolor de ya no ser. En algún rincón de la casa, de todas, habrá algo tuyo que en un momento cuando nuestra piel todavía era tirante vibraba con tu voz de sones imborrables. Ningún almanaque nos señala el camino al olvido… te apodaban el Gitano.

Más hoy que estoy tan solo
y tan cansado de llorar
quiero saber si tú querrías regresar
Junto a mi lado para amarnos otra vez
tal vez estés pensando que no quiera ya de ti
ese calor que alguna vez yo te pedí
y que después abandoné.

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