Opinion

MIGUEL ANDREIS | ¿¡Si esto no un golpe palaciego, qué sería un golpe palaciego!?

Escribe: Miguel Andreis

Hace años existía una denominación que se volvió muy frecuente en los intríngulis del poder. Cambio de Presidentes de forma incruenta. Sin rebeliones ni necesidad de que corriera sangre. Lo que aconteció y sigue su marcha con el gobierno nacional y el quite de preeminencia en el poder del Presidente Alberto Fernández, se lo denominaba “Golpe palaciego”. Supuestamente no se rompía el orden constitucional. Es lo que se intentaba hacernos creer a la ciudadanía. Se lo vivió en varias ocasiones entre los mandatarios uniformados, pero no solamente con ellos. El actual contexto, es de manual, se trata de un “golpe palaciego”, lo que implica un movimiento de piezas que deja en traje de Adán a la cabeza del poder. La inclusión de Sergio Massa como superministro (olvidándose lo ocurrido años atrás con Domingo Cavallo y posteriormente con Roberto Lavagna, ambos con grandes fracasos). La actual estrategia parecería ser más el producto de una jugada sin demasiadas convicciones y circunstancias del espanto que de una táctica a largo plazo. Tal vez considerada imprescindible por los mismos actores. Posiblemente no todo haya salido de la cabeza de CFK (léase, muy posiblemente, Zannini), en un contexto donde la Vicepresidenta ingresa, precisamente este lunes 1 de agosto, en una de sus etapas más difíciles desde que asomó su rostro en la política: el juicio por corrupción en las obras públicas, más precisamente dentro del marco de lo vial, puede serle catastrófico. Millonaria en dólares la citada estafa. Claro, que ahora la Justicia, que llevará adelante las acusaciones en la voz del Fiscal Luciani, será extensa y tediosa.
Quizás que desnude a una dama que se burló de cuantas acusaciones arrojaron sobre su proceder. Estaríamos frente a uno de los veredictos más importantes social, económico y políticamente después del simbólico juicio a las Juntas Militares.

Mientras tanto con el apoyo del “Círculo rojo” empresarial nacional, digamos, dudosos ricos de medio pelo en la acumulación de sus fortunas, el camaleónico hombre de Tigre, ya se lanzó a las heladas aguas de las decepciones siempre presentes, pensando en el 2023. Ahora, en esta ruleta del poder kirchnerista, donde todos los días se abre un nueva grieta, al unísono de una promesa de amor efímera, se pone sobre el paño de juego, la segunda parte del golpe palaciego: ¿Cuándo se va Alberto Fernández? Es de suponer que su grandiosa indignidad tiene un límite. CFK en el banquillo de los acusados seguirá victimizándose pero sin poder explicar su fortuna. Quizás que también en su cabeza anide el pensamiento (menos analizado) el de alejarse del país, como único salvoconducto.
Claro que también sabe que muy difícilmente ella, por motivos varios, entre otra la edad (70 años), y la impunidad que le otorga su cargo, es muy poco probable que raspe sus uñas contra los barrotes, pero no así Máximo o Florencia. Allí radica parte de los que considera sus movimientos estratégicos.

Massa anda desesperado cazando economistas, se dice que hasta intentó con Reme Lenicov, aquel que le tirara el salvavidas a Eduardo Duhalde en el 2001. El encargado del trabajo sucio, como los ajustes de ese momento y otras definiciones que sonaron a cachetadas en los bolsillos de los argentinos.
Habrá que esperar como continúa este engendro de supervivencia del gobierno. CFK entre dos frentes, las expectativas de salvación ya están anémicas, lo que no es decir muertas. Mientras tanto Massa saldrá como mendigo nuevo a tirar la manga a diferentes partes del mundo. En ninguna se lo conoce como un hombre confiable y, muchos menos fiables quienes lo lanzaron al ruedo como el superministro. Sin ajustes no hay salidas. Cirugía profunda, dolorosa y sin anestesia ¿Se animará a agarrar el bisturí? O continuará derrapando desamores hasta que le acabe el combustible. De cualquier manera, su ADN de inconfiabilidad no lo perderá jamás.

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