Opinion

MIGUEL ANDREIS | A mi viejo … (Querido Maggiarino Luis, el paso del tiempo me hace valorarte distinto…)

Por: Miguel Andreis

No sé cómo explicarte que cada mañana necesito despedirme de vos y de la vieja, y de mis hermanos que  también se fueron antes. Mirarlos allí  inmóviles en los retratos. Inmovilizados en el tiempo. Es cómo que saliera a la calle con una protección de luces invisibles. Lo siento así.  ¡Cábala quizás! Y si te cuento que cuando cierro la puerta y me doy cuenta que no los saludé, vuelvo para tocarlos… De lo contrario algo me falta.  De eso me di cuenta cuando las canas me comenzaron a invadir y ustedes eran lo etéreo navegando en mis  vísceras.

Te veo allí enmarcado en una fotografía que el tiempo no pudo arrugar aún más tu rostro. Reirías si te dijera que estoy escribiendo esto esto como una rememoración   del Día del Padre. Yo que nunca les di pelotas a estas cosas. Te saludo diariamente y  casi siempre tengo la sensación que guiñas un ojo. ¿Solo sensación? Recuerdo cuando sentenciabas que no hay día del Padre, ni de la Madre, ni… Es posible, pero la acumulación de calendarios sobre mis huesos hizo que por momentos me irrumpe la impresión de estar ensobrado en tu cuerpo. Mis manos y mi rostro comienzan a parecerse a tu anatomía.

¡Tus manos! Esas que a la siesta manejaban el  cinto con similar  ductilidad al de un domador de leones o las caricias como panales de miel. Me invaden recuerdos de sobremesa cuando yo creía que podía cambiar el mundo y me respondías empezá  por cambiarte vos.  Por lo bajo te insultaba. No te entendía de qué me servía eso que llamabas “valores”;  o cuando me corregías diciéndome que “en esta casa no había códigos sino principios. Los códigos son para los mafiosos…”.

O cuando insistías que nada tiene tanta dignidad como la cultura del trabajo y no hacer del silencio una patología a la complicidad de los poderosos. Vaya a saber dónde quedaron tus  antiguos uniformes de ordenanza de  la desaparecida Obras  Sanitarias de la Nación donde laburaba. Con el  que llevabas el café a tus compañeros. O barrías. Tarea que cumplías con decoro. Te recuerdo apuntado y lanzando la bocha en la chanta que se quedaba corta. Jugando en el campito con otros laburantes hermanos de clase. Medio de tinto- medio de soda,  a la sombra de los churquis sobre la calle La Rioja al 100, en lo que llamaban el “Club de los asoleados”, posteriormente el Club Pedro Viñas, remarcabas que le pusieron ese nombre porque fue el primer Intendente de la villa, pero además murió tan pobre, pero tan pobre que hicieron una colecta para su enterratorio. Los trucos en el Huracán, y yo disfrutando de la coca pegado a la mesa chica de los porotos.

“Te lavás las manos y la cara y te ponés una camisa para venir a la mesa”. Y yo te puteaba en silencio. Si era lo mismo. “Comé con la boca cerrada y despacio. Cuando terminen todos te levantás…”. Las veces que me dije para adentro ´viejo milico´…

El paso del tiempo fue modelando mi anatomía con un ropaje que se parece al tuyo de entonces. De verdad te lo digo…  Hasta creo haberme mimetizado en tu manera de caminar. Capaz que hayas tenido razón de que el Día del Padre o la Madre son los 365 del almanaque… Pero en fin, hay necesidades insoslayables. No hubo herencia para repartir cuando te fuiste. Igualmente gracias. Mil gracias viejo, nada material me habría dejado tantos valores como tus ejemplos simples. Sabios. Aplicables cuando se aspira a una sociedad sin tantas asimetrías ni desventuras… O cuando discutíamos de política. Eras un radical fundamentalista. Hablarte de socialismo era casi un escupitajo de utopía. Nunca entendí tu rechazo al peronismo: “Pueda ser que nunca te toque vivir en una sociedad donde te aplasten si no pensás igual. Que te hagan obligatoriamente,  vestir de luto por la muerte de alguien (Evita), o que te echen de laburo por rebelarte. Capaz que nunca lo sepas todo el odio que te hacen acumular. Ahora es fácil hablar…”. Siempre buscabas un argumento nuevo para convencerme. Yo, gran sabiondo te descalificaba. Te las bancabas.  Me pregunto padre,  si lo de hoy se parece a ese ayer que marcabas, quizás que igual o peor. Tenías mucha razón. El aborrecimiento, la aversión, el desprecio nunca envejeció… Atreverse a pensar diferente suele sonar a insolencia. Tenías mucha razón. Tantas, que le hace mal al corazón…

Gracias viejo. No te rías… Maggiorino Luis, te estoy escribiendo porque es el Día del Padre… y Me convenzo que desde ese cuadro algo me estás diciendo… algo que tu  concepto de dignidad de hombre libre me llevo años comprenderlo.  Tarde viejo. Igualmente gracias… por enseñarme que el intento de ser libre, siempre, siempre  tiene un precio.

Feliz Día PAPÁ

Prensa GRC
Author: Prensa GRC

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