Como a Liam Neeson, a Denzel Washington no parecen pasarle los años como héroe de acción y, a los 68, regresa en el papel del ex agente de la CIA Robert McCall en esta flamante entrega de la saga timoneada por Antoine Fuqua. Se trata de una película cuya suerte, igual que las anteriores, está atada a la correcta ejecución de las secuencias de acción.

En la película de 2014, el taciturno McCall trabajaba en un hipermercado de artículos para el hogar; en la de 2018, pasaba sus horas manejando un Uber. En El Justiciero: Capítulo final no hay trabajo a la vista, pues la película encuentra al ex agente en plena acción desbaratando un poderoso bunker de drogas oculto tras la fachada de un apacible viñedo en Sicilia.

Muy cómodo entre los lugareños, especialmente con la camarera del café donde pasa más tiempo que en su habitación, McCall le da el dato del bunker a la CIA a través de una llamada anónima que recibe la joven agente interpretada por Dakota Fanning, en lo que es su reencuentro con Washington casi 20 años después de Hombre en llamas.

Mientras la agencia sigue la pista del falso viñedo, nuestro héroe observa cómo la Camorra asola la vida diaria de la apacible comunidad, por lo que decide poner manos a la obra y hacer lo que mejor sabe: repartir piñas y patadas, disparar con precisión de francotirador a cuanto malhechor ande suelto.
Y es justamente allí cuando la película levanta la cabeza por sobre la medianía de sus personajes esquemáticos y diálogos plagados de lugares comunes. Porque la fiereza y la crueldad, la sequedad y dureza de una violencia que aparece como si fuera un exabrupto, son propias de un acto reflejo por parte de ese hombre cuyos silencios esconden mil secretos.