Nacido en el mes de mayo, y sin fecha de vencimiento, el clásico cordobés se convirtió en el principal del interior del país, con 401 enfrentamientos. Más que ninguno de los otros duelos tradicionales del fútbol argentino, y con una marcada paridad que pone en vigilia a la ciudad cada vez que Belgrano y Talleres se cruzan.
Disputadísimo, a cara de perro, pero sin violencia. Con Andrés Fassi entrando al campo de juego junto a Luis Fabián Artime, para después darse un abrazo. Con Guillermo Farré y Javier Gandolfi, los técnicos que siguen el ejemplo de los presidentes en el respeto mutuo, y en una relación de amistad. Con el goleador Pablo Vegetti y el arquero Guido Herrera, capitanes y figura ambos, y la buena onda entre ambos antes, durante y tras el encuentro. Con Nahuel Bustos felicitando a Nahuel Losada, por la pelota que le sacó, después de el golazo que le convirtió.
Además de lo que proponían Belgrano y Talleres, ambos en los puestos de vanguardia de la tabla y otra vez cara a cara en Primera, y lo que desplegaron en cuestión de emociones en el césped; el público le dio más peso a la certeza de que es el partido más importante del interior del país.

Unos 35 mil hinchas de Belgrano colmaron el Julio César Villagra, en otra demostración de músculo en cuanto a la popularidad. Y con otro recibimiento Gigante, pleno de efectos especiales, de película. Hubo clima de fiesta y de ansiedad, alguna provocación por parte de Nahuel Bustos en su gol (al besarse el escudo frente a la platea; e insultos para Fassi cuando ingresó al campo de juego. Por lo demás, una multitud que lo disfrutó a pleno y una ciudad que quedó en paz.
A diferencia de otras plazas, como Rosario, en la que impera la violencia, o clásicos más peleados que jugados como el último River-Boca de final bochornoso; el de Córdoba se mostró vibrante, maduro, robusto y espectacular. Por muchos más.
Fuente: viapais.com.ar