Lo mal que arrancó todo en el partido. Con Messi quieto. Con Messi mirando hacia arriba cuando Egipto marcó el 1-0. Con Messi al cielo tras el penal atajado. Es Messi; ganó todo lo que ganó, pero cuánto le dolió ese penal. Cuánto le dolió ese gol que no fue. Le afectó.
La tarde venía torcida en Atlanta. Un Messi angustiado, trabado, sin fluidez. Ese clima se trasladó a la tribuna: nada fluía, todo se sufría. Pareció el Messi de las finales perdidas, el de antes de la Copa América 2021. Todo remitía a aquellos días en la selección, cuando nada salía y todo costaba.
Hasta que dejó de parecerse al pasado.
Porque esta selección tiene algo que aquellas no tenían: nunca se entrega, nunca baja los brazos, nunca da un partido por perdido. Cuando todo parecía terminado, apareció el corazón. Apareció el campeón del mundo. Apareció la rebeldía.
El descuento de Cristian Romero fue un grito de desahogo. El cordobés volvió a vestirse de héroe cuando más lo necesitaba Argentina. Y desde ese momento cambió el aire: cambió la cancha, cambió Messi, cambió la gente, cambió todo.
Entonces, sí, apareció él.
El penal errado quedó atrás. La angustia quedó atrás. Messi hizo lo que hacen los distintos, lo que hacen quienes escriben la historia: marcó el gol de la remontada y el Mercedes-Benz Stadium estalló como nunca. Miles de argentinos lloraban, se abrazaban con desconocidos, cantaban sin voz y miraban al capitán como si acabaran de verlo debutar otra vez.
Y cuando Egipto ya no entendía qué estaba pasando, Enzo Fernández puso el tercero para sellar una remontada que ya tiene un lugar entre las páginas más emocionantes de la historia de la selección.
Hubo lágrimas, muchas. Pero ya no eran de tristeza: eran de alivio, de felicidad, de incredulidad. Porque durante casi una hora el Mundial se escapaba entre los dedos y, de repente, Argentina volvió a sentirse invencible.
Los cordobeses que recorrieron Estados Unidos detrás de la Scaloneta volvieron a cantar. Los que estuvieron en Kansas City, en Dallas, en Miami y ahora en Atlanta sintieron que el viaje todavía tenía capítulos por escribir. Volvieron los abrazos, los videos para la familia, los “te lo dije” y los “este equipo está loco”. Volvió la ilusión.
Y volvió Messi.
Eso es lo más importante. Sigue Messi, sigue el 10, sigue el capitán, sigue el sueño del bicampeonato. Sigue la posibilidad de verlo, una vez más, haciendo magia con la camiseta argentina.
Atlanta pasó de preparar un velorio futbolero a convertirse en un carnaval celeste y blanco. En apenas unos minutos cambió la historia de un Mundial, el ánimo de un país y el destino de una selección.
Messi sigue. Argentina sigue. Y mientras exista esa combinación, nadie se anima a dejar de creer.
Fuente: La Voz del Interior