Opinion

Alejandro Borensztein: “Che genios del mundo, pidan perdón”

Además de definir a uno de los embutidos más nobles, la palabra “salame” también sirve para identificar a un boludo cuando uno quiere evitar el uso, justamente, de la palabra “boludo”, ya sea por razones de educación, institucionales o protocolares. Por ejemplo, en el mundo de la diplomacia no está bien visto decir que el embajador de tal país es un boludo.

En cambio si uno dice que el tipo es un salame, le baja el tono al conflicto internacional e igual todos entendemos de que estamos hablando. Para ponerlo en términos más actuales, un salame no es un boludo atenuado o inactivado, pero el uso del término “salame” actúa sobre el destinatario como un ARN mensajero del boludo. Suena rebuscado pero es un lindo concepto. La otra ventaja de la palabra “salame” es que es inclusiva: la salame y el salame. Cierra por todos lados.

Esta introducción sirve para referirnos a las famosas reuniones en la Quinta de Olivos durante la cuarentena, asunto que ha ocupado exageradamente la agenda política y que nos distrae de lo importante.

No me gusta autorreferenciarme, pero voy a recurrir a una experiencia personal para intentar clarificar el tema y tratar de cancelar el debate de una buena vez.

El 12 de agosto de 2020, hace casi un año, falleció mi mamá y el 13 de agosto a la tarde fue el entierro, en un cementerio cuyos portones estaban cerrados con cadenas y custodiados por guardias de seguridad. El protocolo en aquel momento era durísimo: solo podían ingresar tres personas. Aclaro que mi mamá no falleció de Covid ni de ninguna enfermedad contagiosa.

No hubiera significado un peligro para nadie la presencia de sus familiares más directos, unas diez personas al aire libre, con distancia, barbijos y en la inmensidad de un cementerio completamente abierto y desierto. Pero el estricto protocolo ordenado por el “presidente” y por Kicillof (fue en su provincia) autorizaban un máximo de tres personas. Jamás olvidaré la imagen de sus sobrinas saludando a lo lejos detrás de las rejas.

Sin embargo, no me quejé ni me quejo. Es más, apoyo y acepto todos los protocolos sanitarios necesarios (los sigo cumpliendo con absoluta rigurosidad) y soy un ferviente defensor de todas las vacunas.

Esta aclaración vale porque cada vez que uno destaca alguno de las genialidades que hace el kirchnerismo, enseguida te etiquetan como anticuarentena y antivacuna. Y encima te dicen que sos “la derecha”, justo ellos que indultaron a Videla, privatizaron las empresas del Estado, apoyaron a Cavallo, sabotearon el Nunca Más de Sábato y Magdalena, sembraron el país de bingos y casinos, apoyan a Insfrán y a Alperovich e hicieron todas esas cosas que hace “la derecha” de la que tanto reniegan pero que, por mucho que disimulen, la representan mejor que nadie. Digámoslo clarito por más que les duela: cuando arrancaron allá en Santa Cruz ya eran flor de derecha y nunca dejaron de serlo. Después se disfrazaron de otra cosa, pero solo como estrategia de marketing.

El asunto fue que la semana siguiente a la que yo enterré a mi mamá en las condiciones ya explicadas, el “presidente” se juntó con su familia y la de los Moyano a comer un asadito. Aquel sábado 22 de agosto era un día hermoso, fresco, con solcito, ideal para juntarse en familia y clavarse un chori, una mollejita, una tirita de asado, un pedazo de vacío, papita al plomo, ensaladas varias, flan, buenos vinos, café, masas finas, algún chocolatito, más café, un lemoncelo, en fin, todo lo que uno puede suponer que morfaron, dado que el almuerzo arrancó a las 12:15 y terminó a las 18:00 horas, según consta en las crónicas periodísticas. Y además sabemos que son toda gente de buen comer. Se les nota.

Para despejar toda duda, está la foto del encuentro donde aparecen algunos de los comensales, juntos, en familia, sin distancia, sin protocolos, sin barbijo, sin nada. Disfrutando chochos como ningún otro argentino podía hacerlo.

En esos días, el “presidente” levantaba el dedito por televisión y nos decía que se había acabado la Argentina de los “vivos” y de los “estúpidos”, y que iba a hacer cumplir las normas de aislamiento “por las buenas o por las malas” (todo esto dicho textualmente en un programa por Telefe).

Esta historia del cementerio es similar a la que vivieron cientos de miles de argentinos durante el año pasado. Y millones más, en tantos otros aspectos. Mientras no dejaban que un padre viajara en su auto para despedirse de su hija agonizante, ellos se juntaban a morfar asaditos en familia.

Fuente: Clarín

GRC
Author: GRC

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