Atlanta ya no puede disimular que hay un partido grande en puerta. A menos de 24 horas de la semifinal entre Argentina e Inglaterra, las calles alrededor del centro de la ciudad volvieron a teñirse de celeste y blanco. Como pasó en Kansas City, en Dallas, en Miami y en cada escala de este Mundial, los argentinos eligieron reunirse para hacer lo que mejor saben: cantar, abrazarse y convencerse de que lo que viene puede ser histórico.
Fueron cerca de dos mil personas las que participaron del banderazo organizado en la previa del encuentro que paraliza a medio planeta futbolero. Dos mil personas que llegaron desde distintos rincones de Argentina y también desde diferentes puntos de Estados Unidos. Algunos están siguiendo a la selección desde el debut. Otros se sumaron en el camino. Hay quienes recorren el país en motorhome, quienes gastaron los ahorros de años para cumplir el sueño y quienes decidieron viajar a último momento porque sintieron que este equipo merecía ser acompañado.
La escena se repite desde hace semanas, pero no pierde fuerza. Están los que llegaron desde Córdoba con camisetas de Belgrano, Talleres e Instituto. Los que cargan banderas de sus ciudades. Los de Río Cuarto, San Francisco, Villa María o Jesús María. Los que se encuentran por casualidad en una esquina de Estados Unidos y descubren que viven a pocas cuadras unos de otros cuando están en Argentina.
Esta vez, sin embargo, hubo una imagen que resumió mejor que cualquier discurso el clima que se vive en Atlanta.
En medio de los cantos apareció un hincha inglés.
Podría haber sido una postal incómoda. Después de todo, se trata de uno de los partidos con mayor carga histórica del fútbol mundial. Pero ocurrió exactamente lo contrario. El inglés terminó rodeado por argentinos, sonriendo, cantando y hasta siendo levantado en andas por un grupo de hinchas que lo transformó en una de las atracciones de la tarde.
La secuencia provocó aplausos, fotos y videos. También sirvió para confirmar algo que ya se había visto durante toda la jornada en la ciudad. Más allá de alguna cargada futbolera y de los clásicos cruces de canciones, la convivencia entre argentinos e ingleses transcurrió con absoluta normalidad.
La fuerte presencia policial en los alrededores del Fan Fest y de los puntos más concurridos de la ciudad acompañó una jornada que se desarrolló sin incidentes. Ingleses y argentinos compartieron espacios, bares, calles y recorridos turísticos. Se escucharon chicanas, claro. Era imposible que no ocurriera. Pero quedaron dentro de los límites del folklore futbolero.
Mientras tanto, el corazón del banderazo seguía latiendo al ritmo de los bombos.
Uno de los momentos más celebrados llegó cuando sonó «Soy hincha de la Selección». El tema se transformó en una especie de himno alternativo de este Mundial y volvió a retumbar entre los edificios del centro de Atlanta. Miles de personas saltaron, cantaron y filmaron una escena que ya forma parte de la rutina de los argentinos en Estados Unidos.
También aparecieron los clásicos de siempre. Los dedicados a Messi. Los que recuerdan Qatar. Los que hablan de volver a dar la vuelta. Y, como suele pasar cuando hay cordobeses cerca, también hubo lugar para los cantos de club.
Entre la multitud se mezclaban camisetas de la selección con remeras de Belgrano. Un grupo entonó el tradicional «Porque tengo la ilusión…» mientras otros se sumaban entre risas. Uno de los protagonistas de ese momento era un hincha de Boca que no ocultaba su simpatía por el Pirata y celebraba el encuentro con cordobeses llegados desde distintos puntos de la provincia.
La escena parecía resumir lo que viene ocurriendo desde que arrancó el torneo. Durante un mes, las rivalidades domésticas quedaron estacionadas en Argentina. Los colores de cada club siguen presentes, pero todos terminan detrás de una misma bandera.
Eso explica por qué muchos de los rostros que aparecieron este martes son conocidos para quienes vienen recorriendo el Mundial. Son los mismos que estuvieron en el debut en Kansas City. Los que aparecieron en Dallas. Los que soportaron el calor de Miami. Los que sufrieron contra Cabo Verde, celebraron ante Egipto y explotaron frente a Suiza.
Se conocen de memoria. Saben dónde se hacen los banderazos, cuáles son los bares donde se juntan los argentinos y hasta quién lleva el parlante más potente.
Cada ciudad fue dejando personajes. Cada partido sumó historias. Y Atlanta no parece ser la excepción.
La diferencia es que ahora la sensación es distinta. Ya no hay margen para mirar demasiado más allá. La semifinal está ahí. A unas pocas horas. Esperando.
Por eso el banderazo tuvo algo de celebración anticipada y algo de despedida. Como si todos quisieran estirar un rato más una experiencia que lleva un mes atravesando rutas, aeropuertos, estadios y hoteles.
Cuando empezó a caer la tarde, los cantos siguieron resonando entre las torres del centro de Atlanta. Algunos se quedaron sacándose fotos. Otros emprendieron el regreso. Los más optimistas ya hablaban de la final. Los más cautos preferían pensar únicamente en Inglaterra.
Pero todos compartían la misma certeza.
Después de miles de kilómetros recorridos, después de semanas de viaje y después de cada escala de este Mundial, la ilusión sigue intacta.
Y eso, para cualquier argentino que llegó hasta acá, ya es motivo suficiente para volver a cantar una vez más.
Fuente: La Voz del Interior