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Una historia para leer….“Desafortunado heladero”

Por: MAND    –  Chaplinesco andar, figura maciza y graciosa. Muy joven el turquito aún para sentir que la vida pesaba.

Todos los días, en cotidiano desafío salía a “cazar” las chirolas que le permitiesen movilizar las mandíbulas. Había llegado a la villa sin más capital que una vieja Kodak, de triple pie y una desteñida valija de madera, cuyos cierres eran dos desflecados cintos sin hebillas. En ronda matinal recorría estas arterias descubriendo la geografía lugareña. Por la tarde, etiquetado con un azul delantal, en la florida plaza céntrica dibujaba imágenes perpetuadas desde la antigua máquina de fogonazos. Un hotel de nubladas noches le servía de refugio. De a poco, este nuevo habitante comenzó a ganarse el afecto y la voluntad de la gente. Un lustroso tarro de tabaco “Mariposa” servía de caja fuerte, donde una a una se acumulaban las doradas de cinco y diez guitas y algún que otro papel de un peso, bien doblado dormía junto a las redondas. El balance era diario y en más de una ocasión privilegiaba el ahorro que encarar un pucherito. Después de casi dos años de diferentes opciones, la ocasión llegó. Se entera que un italiano, embromado de salud tenía en venta una rudimentaria fábrica de helados. Bastaron solamente unos pocos minutos y la transacción concluía. Volvió al refugio y compartió, brindis mediante, la alegría con varios amigos…

-Bueno Turco, todo está bien, pero ¿cómo le vas a poner de nombre?

-“El Cianuro” –respondió sin titubeos-

-¡Animal, no pega en un negocio como ése!

-¡No importa, este turquito sabe lo que hace!

Un tórrido diciembre, muy cerca del Banco Nación, abre sus puertas la nueva heladería “El Cianuro”. De impecable blanco con enorme gorro, el muchacho atendía solicitadamente a la escasa concurrencia. Va la yapa –comentaba sonriente-. Un jueves cercano a las fiestas “findeañeras”, cuando la siesta era anfitriona de un sol que con flechas de fuego golpeaba las desiertas calles, un sulky detiene su marcha bajo frondosos álamos que trepaban como verdes nubes. Un “gringo” de voluminoso tamaño, corre las cortinas de finas cadenas y casi con desesperación se para frente al mostrador diciendo:

-¡Uno bien grande de limón y frutilla!

Abona, sale a la vereda y en pocos minutos vuelve con idéntico pedido. En fracciones de segundo había desaparecido hasta el cucurucho.

-¡Otro, más grande!… Y buscó un banco en la vereda donde depositar su osamenta.

El turquito pensaba, con tres clientes como éste salvo el día.

Varios curiosos llegan presurosos hasta donde se encontraba el repitente tomador de helados. Permanecía inerte, con todo el largo del cuerpo extendido en la vereda, intentaron tomarle el pulso, nada, absolutamente ninguna señal de vida. Minutos más tarde un médico dictaminaba: muerte súbita.

El sofocante calor mezclado con la ingesta de varios “fríos” produjo un espasmo que paralizó su corazón. Todo hasta ahí parecía quedar en un lamentable hecho que serviría para el comentario de la villa. No fue así, alguien de ponzoñosa lengua, dijo que la muerte sobrevino porque los helados estaban envenenados. La felonía llegó hasta la justicia y al pobre Turco lo “engayolaron” hasta que los médicos forenses se expidieran. Por entonces las autopsias se realizaban en Córdoba, allá fue el occiso. Después de cinco días entre rejas, viene el informe que lo liberaba de toda responsabilidad.

Volvió a la heladería, previo soberano puntapié al cartel, bajó las persianas, mientras los insultos se escuchaban a varias cuadras y se juró nunca más incursionar en oficios que no fuera el propio. A la semana nuevamente estaba la vieja kodak sacando fotos en la plaza.

Con el transcurrir de los años, a éste hombrecito lo convirtieron dos veces en intendente de la ciudad. El improvisado y circunstancial heladero se llamó Salomón Deiver… el “Turco”.

MAND

Prensa GRC
Author: Prensa GRC

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