Opinion

Las dudas de Alberto hacen que propios y extraños ya prefieran a Cristina

Dudar es darse tiempo para reflexionar, es enfrentarse a la posibilidad de no tener razón, es no creerse Dios, es escuchar a los demás. Dudar es, muchas veces, tener los pies sobre la tierra y parar la pelota para tomar la mejor decisión. Visto con esos ojos el dudar es una característica que acerca a la persona a encontrar algo lo más parecido posible a la verdad que, como sabemos, no es única.
Pero por alguna razón cercana a nuestra tradición de liderazgos paternales, el dudar no tiene buena prensa por estos lares. Menos si el que duda es el que, se supone, manda. Y mucho menos si se percibe que esa duda paraliza al que encarna el poder.
Ahí la duda, el dudar, cobra una dinámica maquiavélica. Se transforma de virtud en pecado. Como bien dijo el filósofo bonaerense Aldo Rico a fines del siglo pasado: “La duda es la jactancia de los intelectuales”. Dando a entender que los que deciden en el frente de batalla no se pueden dar el lujo de dudar.
Alberto Fernández hace cinco días que duda en público y, por lo que él mismo confesó el lunes en una entrevista televisiva, más de diez que duda en privado. Los mismos días que pasaron desde que su compañera de facultad Marcela Losardo le confesó que quería irse definitivamente del Ministerio de Justicia.
“Yo no tengo ninguna urgencia. El apuro lo tienen los demás. Si fuera otro ministerio todavía, pero de Justicia entiendo yo. Puedo ser mi propio ministro”. Fernández reiteró el mismo concepto esta semana en varias oportunidades. Y hasta logró exasperar a alguno de sus interlocutores. Hasta el llamado círculo rojo reaccionó. No fueron pocos los empresarios —confesos anti K— que, por lo bajo, empezaron a confesar que “con tantas idas y vueltas al final era mejor tener enfrente a Cristina que por lo menos decidía y sabíamos para dónde íbamos” (sic).
El Presidente recibió en estos días todo tipo de sugerencias, insinuaciones, presiones y consejos. Nadie logró sacarlo de su convencimiento de que para él no es grave que se tarde en definir el destino de la cartera que él mismo descabezó en público hace ya seis días.
Esta vez no es Cristina la mala de la película. Ella dio su sugerencia y partió al sur; a su querido Calafate. Esta vez es Alberto el que está encerrado en su propio laberinto.
El Presidente está enojado. Y mucho. Losardo significaba para él un puente de plata tendido ante la corporación judicial, una manera de mantener un diálogo fluido. Pero “la corporación” —en su criterio— no entendió, no quiso entender o no lo respetó. La sumatoria de “mojadas de oreja” que el Gobierno siente haber recibido por parte de la Corte fueron lo suficientemente contundentes como para que Alberto Fernández entendiera que, o cambiaba de táctica, o la Justicia seguiría redoblando la apuesta.
Losardo aceptó ser ministra de Justicia de una coalición política que hizo campaña denunciando el lawfare. Y de una candidata a vicepresidenta que denunciaba ser perseguida por la Justicia. Sabía exactamente a lo que se exponía aceptando el cargo. Nadie la engañó. Pero Alberto creyó que dialogando podría lograr que la Justicia se “autodepurara”.
Error!! Grosero!! Garrafal!!! Recalculando vociferó el GPS y Losardo pidió bajarse en la siguiente estación con destino a París.
Encontrar reemplazo para un puesto que ejercía su alter ego no es fácil. Entre los años de estudio y trabajo compartido Alberto y Marcela transitaron juntos cuatro décadas. Ninguno de los dos duró tanto en sus respectivos matrimonios. Voluntarista hasta el hartazgo Alberto pretende hacer un cambio para que nada cambie. Sobre todo porque no puede ni quiere reconocer que si la gestión termina es porque fracasó.
“Marcela la verdad que está agobiada”, simplificó el Presidente el lunes en una frase poco feliz que no le cayó bien ni siquiera a la ministra. “En realidad el que demuestra estar agobiado es él. Alberto es el que está irreconocible”. La frase casi calcada fue dicha esta semana en distintos ámbitos por dos hombres del Presidente. En la indecisión llevada a las últimas consecuencias Alberto se quedó solo. Salvo él mismo, no se encuentra a nadie que convalide tanto retraso en tomar una decisión. Ya ni siquiera intentan excusas.
A todos los nombres que circularon como posibles sucesores de Losardo se sumó quizás una fórmula menos costosa en lo político. Licuar Justicia en otro ministerio, así como en su momento hubo ministerio de Justicia y Seguridad generar ahora el ministerio de Interior y Justicia. Es un secreto a voces que Wado de Pedro tiene sus terminales en Tribunales y Comodoro Py. Quizás sería una manera menos traumática pensando que se hereda un hierro caliente. Al menos Wado ya tiene quince meses de gestión, diálogo con Alberto y Cristina y sabe básicamente con qué bueyes ara.
Y si algo faltaba para terminar esta semana de duda, perplejidad, vacilación o indecisión presidencial era el episodio de ayer en Chubut. Alberto sigue intentando ir por la vida como un hombre común o confiando en los gobernadores cuando baja a una provincia.
Pero exponerse a un atentado contra su vida llena de inseguridad a quienes lo votaron. Los vidrios de la camioneta que lo trasladaba fueron estallados por los manifestantes. No hubo un herido grave de casualidad. La ola de tuits solidarios por parte de los políticos de la oposición que también repudiaron la violencia no alcanza a borrar la falta de profesionalismo alrededor del Presidente.
Pero además denota debilidad. “No sé qué le pasa a Alberto, te juro que no lo reconozco”, decía esta semana un legislador de esos que lo respeta y quiere bien.
Esta semana Alberto Fernández decidirá quién será el reemplazo de Marcela Losardo. Pero no será ni de lejos la más importante de las decisiones que tenga que tomar. Mañana en una reunión ya prevista en Casa de Gobierno se debatirá nada más ni nada menos que el aumento de tarifas de los servicios públicos. Hasta el viaje de Martin Guzmán a El Calafate se creía que el número no podía superar el 10 por ciento. En las últimas horas un rumor ganó los corrillos del Ministerio de Economía: aumentaremos el 15% y rápido así el tema se diluye para las elecciones.
El sistema está imposibilitado de hacer un aumento sectorizado así que el balde de agua fría correrá a todas las clases sociales por igual. Habrá también una de arena: enviarán al Congreso la ley que anula el sistema tarifario dolarizado ideado por Mauricio Macri. Si fuera con esa “tablita” las tarifas deberían aumentar un indigerible 80%.

Fuente: Infobae

GRC
Author: GRC

Noticias relacionadas

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Botón volver arriba